












José Ramón Gallardo / Poemas no soñados
En un mundo y en un tiempo como estos nuestros, dominados como estamos por imágenes fugaces (imágenes mediáticas, publicitarias y de la industria del espectáculo) y efímeras (de la fotografía, de la televisión, del vídeo, de Internet), el arte de José Ramón Gallardo nos enfrenta con el repertorio formidable de unas imágenes muy diferentes -imágenes de la pintura-, elaboradas de manera reflexiva y paciente, y realizadas con deseo de duración, con afán de permanencia.
Se despliega, pues, aquí, ante nuestra mirada, un universo figurativo personal, complejo y lleno de enigmas, así como una práctica pictórica empeñada en el logro de la excelencia. Se trata de un universo y de una práctica desentendidos de las preocupaciones ordinarias de quienes comúnmente no nos sentimos más que como "simples administradores del presente", imágenes y práctica que, al mismo tiempo, nos remiten a la pervivencia de una enraizada y muy rica tradición, y nos relacionan tanto con lo trascendente cuanto con el futuro.
Las imágenes de esta pintura representan todo un orden o mundo ordenado de entes sensibles y de concepciones inteligibles; y aún más: un horizonte o un escenario muy amplio en que tienen cabida los objetos y las cosas concretas, los aconteceres no del todo sabidos, las intuiciones radiantes, los conocimientos kabalísticos…, abarcando desde el dominio de la física hasta el planeta de los sueños. Lo que otorga unidad y fundamento a este cosmos es la existencia y la experiencia de un hombre, de un hombre que es su autor, el cual está y se siente "sumergido" -como decían los pitagóricos- en ese mundo, experimentándolo con sus sentidos y viviéndolo en transcendencia permanente, tratando de conducirlo hacia el marco de las ideas, los ideales y las "cosas verdaderas".
La verdad. El destino final del artista -al igual que el del científico y el del filósofo y el del poeta y el del músico y el del místico…- no es otro que el de desear y buscar la verdad, para… encontrarse luego, al fin de cuentas, cuerpo a cuerpo con el misterio. Y en ese debate humano y cultural de "representar" o, al menos, de dar expresión plástica al ansia de verdad que, tras cruzar el laberinto, se topa inexorablemente con lo numinoso, con lo indefinible, con el misterio, se emplea el arte de pintar de José Ramón Gallardo.
El misterio. Efectivamente, no se puede definir. Pero sí describirse. Tal descripción incluye no sólo las formas de la "conciencia individual", sino también los diferentes aspectos de la "conciencia histórica" -según lo observado por la filosofía de la religión de Rudolf Otto, en su "Concepción naturalista y concepción religiosa del mundo"-, al tiempo que debe mostrar "la función de las experiencias del temor, de la fascinación y de la aniquilación". O sea, una experiencia metafísica "que el sentimiento mismo como tal es impotente para expresar", pero que, no obstante. el hombre puede -quizás, y en nuestra opinión- volver a experimentar y representar a través del proceso de la práctica del arte.
¿Cuál podrá ser el lenguaje artístico que mejor convenga al misterio? El poeta y cineasta Jean Cocteau hace decir al fotógrafo de los "Mariés de la tour Eiffel", que, "ya que los misterios nos sobrepasan, finjamos organizarlos perfectamente en nuestra obra". Al mismo Cocteau le gustaba repetir que la obra de arte es un poema "no soñado", sino "realizado", "hecho objeto", pues "el misterio no existe sino en las cosas más precisadas". Postulaba, así, la obra artística como la construcción material, real, de una ilusión. Se trata del mismo espíritu en que se mueve y se organiza la pintura de José Ramón Gallardo: un espíritu de especial precisión -atenta, meticulosa, casi maniática-, respecto a los objetos, a los enigmas y a los espacios que se representan en sus cuadros. Todos ellos, a fuerza de ser plasmados de la manera más real posible, terminan superando las formas y la misma condición de lo real: son seres y escenarios "superreales", como tantos de la pintura metafísica italiana, como muchos de la pintura surrealista francesa y belga, y como algunos de nuestro realismo mágico. Cargados los de José Ramón Gallardo de un concepto, de una mirada y de una dicción por completo personales, que los hacen únicos, inequívocos, sobre la noción de realidad y sobre las dificultades de un sentido verdadero.
El de Gallardo, como decimos, no es un arte que "presenta" de manera directa las formas del universo de los objetos, de las fantasía, de las imaginaciones, de las aprehensiones sensibles…, sino que "representa" con sentido auténtico todo ese universo. Y en ese margen de distancia -en espacio y en tiempo- que separa la "mera presentación" de la "representación creativa" -no mimética-, y en las intenciones de ese sentido suyo que procura la aprehensión toda del mundo, en ese margen y en esas propuestas se abre un campo muy ancho a la traslación, a la reflexión, a la interpretación y a la crítica. Se trata, pues, de una representación que utiliza la ambigüedad como estrategia, y la serenidad de la quietud como instrumento; que concibe el espacio como paisaje híbrido; y que distancia la temática de la tiranía de las engañosas imágenes del presente, poniendo en tela de juicio sus "evidencias", y procurando, en cambio, que el arte recupere el sentido profundo y la vocación de plenitud que el distanciamiento favorece.
Un arte, el de José Ramón Gallardo, que declara -en sus propias palabras- y cuenta expresamente con "las ideas superiores"; y que estima el antiguo "don de la clarividencia", al tiempo que "la inteligencia hace guiños con el humor"; un arte que "emborrona las fronteras entre la realidad y la fantasía"; un arte en el que "la realidad la construye el ojo que observa"; un arte entendido como "un modo de aprendizaje"; un arte que, "sin prescindir de la representación, atiende a la esencia de la pintura"; un arte en que "lo onírico y lo subreal me lleva (y nos lleva) a mezclar objetos en busca de una iconografía que toca lo simbólico". Un arte, en fin, -diríamos nosotros, sus espectadores y admiradores- caracterizado permanentemente por lo subjetivo, por "lo subjetual", que resulta equiparable con "lo substancial", ya que la subjetividad viene a ser -como apuntaba la lucidez de Heidegger- "el fundamento de la objetividad de todo "subjectum", de todo ser presente".
JOSÉ MARÍN-MEDINA
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El artista está presente en el estudio a través de un busto de piedra, es la energía creadora. El estudio respira por la ventana, entra la luz y por ende la receptividad. La inspiración vestida de rojo atraviesa la estancia. El lápiz se apoya displicente sobre la ventana, quiere respirar antes de enfrentarse a la compleja tarea de transmitir lo aprendido. La plomada marca el eje, el equilibrio y la rectitud en el esfuerzo. El hombre se abrió a la inteligencia a través de los instrumentos, el mazo es la razón que actúa y persevera, dirige el pensamiento y anima la meditación de aquel que en el silencio de su conciencia busca la verdad. Decora la estancia un cuadro de Wermeer. Los pintores holandeses son quienes ofrecen la imagen más perfecta de la quietud.
El arte es un modo de aprendizaje. Con la lentitud de mi trabajo estoy aprendiendo cosas sobre el tiempo. Nos esforzamos por hacer todo más deprisa, quizás sea conveniente replantearnos nuestra relación con el tiempo.
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La Entropía es una magnitud de termodinámica que permite evaluar la tendencia de un sistema a evolucionar hacia un estado diferente al inicial.
Somos un sistema y estamos sujetos, por tanto a evolución.
La entropía se acelera con la ignorancia.
Ignorancia buscaba pareja y se encontró con Miedo. Se casaron y tuvieron hijos que devastaron la tierra. Desde la cuna nos azotaron con el rechazo a lo diferente, con las religiones y con las guerras.
La entropía se retrasa con el embelesamiento que nos procura el placer que nos hace olvidarnos de todo, también con la frivolidad que es la sonrisa de la inteligencia. Siempre hay que tener a mano un embudo para recoger los neutrinos que nos envía gratuitamente el sol y también hay que hacerse con una pirámide invertida, imagen del desarrollo espiritual. Las flechas, que aparecen amenazantes, son un símbolo de apertura que posibilita y potencia una intuición fulgurante.
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Los animales y el circo hacen un cóctel amargo.
En la ignorancia del adiestrado no cabe la derrota, la derrota pertenece al domador en su triunfo. Si el derrotado no cuenta con la oportunidad de verse germinar en el fango del fracaso, si no dispone de las condiciones mínimas para rentabilizar su derrota en el conocimiento, en estas ausencias solo crecen seres fatigados y dóciles.
Todos estamos metidos dentro de la carpa. El balanceo del columpio nos marca el ritmo del tiempo, por eso es necesario que todos podamos contar con una escalera por la que se nos permita progresar, una fuga que nos libere del sometimiento.
Dicen los hindúes que la fuerza del elefante da a quienes la invocan todo lo que pueden desear. Hay que pedir.
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Que las mentiras sean necesarias para la vida es parte esencial del terrible y problemático carácter de la existencia, decía Nietzche.
Todo es mentira o tal vez no. La realidad la construye el ojo que observa. Hay por lo tanto millones de realidades, tantas como la multitud de los granos de arena de esta playa. La realidad se observa desde diferentes percepciones. El ojo es la percepción intelectual. El pájaro la percepción espiritual. Venus la carnal. Pinocho es la mentira inocente. El monolito la unidad frente a la multiplicidad. Las ramas representan la flexibilidad y la regeneración. Lo lúdico se pega a la carta que es penetrada por la flecha, símbolo de la celeridad de la intuición. El poliedro en un extremo y en el otro la media esfera representan la idea de lo perfecto, de lo cerrado y estructurado, cada uno desde su esencia.
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San Jorge y el capitán Trueno son dos guerreros, uno pertenece a la historia y el otro a la ficción. Quizás los dos pertenecen a la historia y a la ficción. Ambos representan el triunfo de la fuerza ciega.
Siempre me ha parecido equivocada la sin razón que nos ha llevado a adorar valores excepcionales en los hombres de la guerra. El verdadero valor es el del guerrero, el conquistador de la paz del corazón.
Cuando el hombre decide que puede ejercitar el ancestral instinto del enfrentamiento, sin poner en peligro la vida del contrincante y la suya propia, entonces inventa el juego, un juego reglado que lo preserva y lo asciende en su evolución. La pelota, ejemplo de deporte popular, es el símbolo del juego, es la ética. La ética como conjunto de normas que nos hemos proporcionado y que son vigilantes de la humanidad a través de la bondad.
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La tecnología se populariza y se incorpora a nuestra cotidianidad con más éxito que el pensamiento. Las ideas superiores, desgraciadamente, cuentan con menos clientela que los usuarios de los avances técnicos. La industria que se desarrolla en asincronía con un pensamiento pleno es responsable de todos los desastres que los humanos hemos infringido a la naturaleza y a nosotros mismos. El hombre obsesionado con ponerse metas que nos alejen de la selva corre el peligro de volver a ella por un camino poco recomendable. Lo mecánico simboliza la industria y las piedras la acumulación de iniciativas. Cada una de ellas acaba por crear una acción extremadamente poderosa. En el árbol invertido las raíces que miran hacia el cielo evidencian el desequilibrio y las ramas que lo hacen hacia la tierra, hablan del peligro que se expande. La plomada reclama el equilibrio, la sensatez. El fruto desnudo nos oferta la esperanza.
Lo que somos necesita un entorno.
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Los ojos heterotópicos, es decir, desplazados de su lugar anatómico, aluden a la clarividencia. Si el ojo es único y frontal simboliza la omnipresencia, la imposibilidad de estar fuera de su alcance. Debajo de la espiral yace una serpiente, emblema de la sabiduría y de la eternidad. Platón dice de la cabeza humana que representa la imagen del mundo. Los anillos simbolizan las cuatro estaciones del hombre. La abertura del ojo es un rito de iniciación al conocimiento.
El artista en la antigüedad compartía la misma naturaleza que el mago. Al propietario de este cuadro le será concedido el don de la clarividencia. Sólo debe tener en cuenta que el futuro no existe, que hay que construirlo y que si no acierta en sus predicciones será porque no ha hecho bien su trabajo.
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Me gusta esparcir las semillas en la tierra de la virtud, me confesaba la suerte y se lamentaba de lo mucho que le incomodaba su fama de alocada. Me aseguro que toda la culpa era del implacable capricho del azar. Pregunté, y el azar, defendiéndose, me dijo que él no actuaba por maldad, ni por odio, ni tan siquiera por amor. Se quejaba, amargamente, de la indiferencia que le recubría. Bien que me gustaría tener voluntad, criterio y discernimiento, dijo.
La suerte se cubre con un misterioso vestido forrado de números para confundir a la razón mostrándole relaciones que ella no puede descifrar. El cubo simboliza el mundo material y los cuatro elementos. Las cifras son el vestido del misterio. Las cadenas, la relación entre dos extremos. El código de barras, el control y cuantificación de la globalización. Los puñales la intuición, lo inconsciente. El santo, el deseo ideal.
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Este esqueleto se encuentra en el Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid y es un antecesor del hombre. El esqueleto personifica la muerte. No representa una muerte estática, un estado definitivo sino una muerte dinámica, anunciadora e instrumento de una nueva forma de vida. Sexualidad, alimentos, integración y convergencia, conocimiento, cultura, todo nos sirve para la vida. Con todo elaboramos el gran antídoto que nos hace olvidar la muerte. Celebramos la alegría de estar vivos con creaciones que nos alejan de la muerte, ¿que es si no el arte? El hombre es el único ser vivo que sabe que va a morir. Las religiones nos ofertan una vida posterior y pareciera que este ofrecimiento esconde la duda de que no nos puede ir bien en esta. La inteligencia hace guiños con el humor y nos convierte en el mono triunfante.
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Bast es una diosa egipcia con los rasgos del gato divino, bienhechora y protectora del los hombres. Estos, construyeron una ciudad en su nombre a la que llamaron Bastet, He imaginado una ciudad como una escenografía hierática, sumidad en la quietud que nos produce lo que no sabemos reconocer. Las visiones de Bast son una manifestación regresiva, un retorno a la quietud fructífera que nos posibilita el goce contemplativo y nos abre los sentidos: sonidos, sensaciones, sabores, visiones, memoria de lo que no ha sucedido nunca. La quietud como resultado de la constancia y la confianza en el proceso de la vida. Solo en la absoluta quietud percibimos la seguridad de necesitar al otro, el otro que nos completa. Con la aparición de su mirada sentimos la revelación del otro y esta mirada también nos dibuja como seres independientes.
Me gusta emborronar las fronteras entre la realidad y la fantasía.
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Los upanihads, textos sánscritos anónimos, establecen una correspondencia entre los órganos humanos con el macrocosmos y entre los órganos y los sentimientos. Cada uno de nuestros órganos es una magnífica expresión de la vida. He imaginado que las emociones nos habitan y buscan las vísceras que les son más afines. Si la emoción es positiva el órgano estará sano, por el contrario, las perturbaciones nos conducen al caos. El miedo es especialmente virulento y el amor sanador. En el hígado habita la ira o la templanza, en la vejiga el egoísmo o la generosidad, en el bazo la confianza o la duda, en el corazón el amor o el odio, en los pulmones el estrés o el relax. Las cuatro esferas representan nuestro ego. Según San Agustín toda acción en la vida se relaciona con el número cuatro. El ocho es universalmente el número del equilibrio cósmico y ocho son las esferas que ruedan por el suelo.
¿Dónde habitará la vanidad? Creo que no tiene víscera estable, alterna estancias buscando aquella que tenga el espejo más grande donde mejor sentirse reflejada.
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Un día la tierra del continente africano se calentó y se fundió creando un inmenso cristal. Al primer mundo le gustan los escaparates. El primer mundo se asomó por ver que había tras el cristal y vio tanta hambre, tanta pobreza y enfermedad que no soportó la cercanía. Se retiró, un reflejo le devolvió su impecable imagen, giró la cabeza ensayando una mueca favorecedora y se atusó el cabello. A esa distancia el reflejo ya no le permitía ver lo que había tras el cristal, y ya lo había visto, y ya sabía que era desagradable y además, tenía prisa. Se alejo.
África es esa cebra ensartada, hermosa y enorme pero inmovilizada por la fuerza de los poderosos: el rey de bastos, el soldado, el avión, el tornillo, la pinza.
Todo ser alado es un símbolo de espiritualidad pero este pájaro que cruza su territorio está signado por la globalización y los intereses económicos.
Confiemos que el árbol que representa la regeneración y la vida nos recuerde a todos que Eva era negra.
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Utilizamos la palabra cielo tanto para designar la atmósfera de la tierra como la mansión donde los Ángeles, los santos y los aventurados gozan de la presencia de Dios. El primero está sucio, cargado, y del segundo, luminoso y esperanzador se descuelgan sobre una playa: las vacas de la abundancia, un héroe de ficción con poderes sobrenaturales y los cigarros de mí amada Helena. Nada encaja. Son imágenes contradictorias, sin conexión aparente, como esos pensamientos que en ocasiones produce el cerebro sin darnos las claves para descifrarlos.
Así como la inteligencia se desarrolla en la medida que podemos establecer más interconexiones –sinapsis-, la creatividad se ejercita a fuerza de contrastar contradicciones. Me digo y me desdigo y en ese transito me amplio. Decimos uno y lo contrario y en esa gimnasia pisamos con zancadas alternas la tierra de la sinceridad. He observado que a veces entramos en la contradicción sólo por ver si hay alguien al otro lado. ¿Estáis ahí?
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